Those who cannot remember the past are condemned to repeat it
Santayana, George (1905)
La arqueología, como disciplina científica, ha estado en desarrollo desde finales del siglo XIX. A través de exploraciones pioneras, se han realizado grandes hallazgos, como las pirámides de Giza en Egipto, el Partenón en Grecia, las pirámides mayas en Centroamérica o ciudades fascinantes como Machu Picchu en Perú. Sin embargo, estos estudios iniciales respondían a dos intereses particulares. El primero estaba relacionado con la necesidad de tener algo que contar, impulsado por la aventura, ya que la exploración de ruinas antiguas proyectaba una imagen exótica debido a la complejidad de acceder a ellas. El segundo interés respondía a motivaciones económicas; estas grandes exploraciones eran financiadas con el objetivo de obtener bienes exóticos que luego se expondrían en colecciones privadas de personas adineradas o en museos accesibles solo para un sector privilegiado de la población.
Con el desarrollo de la disciplina, se han reformulado no solo las metodologías y teorías, sino también la ética que debe guiar la práctica arqueológica. Una de las grandes preguntas que surgen de estas reformulaciones es: ¿Para qué sirve la arqueología?
Si respondemos desde la lógica inicial, la arqueología serviría para tener algo que mostrar, ya sean bienes exóticos o historias de aventuras. Pero eso no es arqueología; es saqueo. Existen muchos relatos, incluso de profesionales entrenados en la disciplina, que actúan bajo esta lógica, haciendo que cualquiera con un poco de formación sea considerado ‘‘arqueólogo’’.
Sin embargo, si respondemos a la pregunta desde la ética y la teoría de la arqueología como ciencia, obtenemos una respuesta completamente distinta. La arqueología es una ciencia que se enfoca en estudiar a los seres humanos a través de sus objetos. Su objetivo es comprender qué pensaban las personas que produjeron esos objetos, esas grandes construcciones que aún podemos observar, y entender las relaciones interpersonales, procesos mentales y socioculturales que dieron lugar a que las sociedades estudiadas dejaran esos objetos como legado. Es decir, aunque el objeto de estudio parte de materiales, los resultados no son los objetos en sí mismos, sino las implicaciones socioculturales que llevaron a su creación y a su conservación en la forma en que los encontramos.

En este sentido, la arqueología no solo nos permite conocer el pasado, sino también entenderlo. Nos ayuda a comprender cómo vivieron nuestros antepasados para que hoy estemos aquí y vivamos de la manera en que lo hacemos, creando un vínculo directo entre esas personas que vivieron hace miles de años y nosotros. Desde una perspectiva identitaria, genera un lazo común al que todos podemos suscribirnos como parte de un grupo social específico.
Por ejemplo, ¿qué ecuatoriano no ha comido alguna vez en su vida un locro? La arqueología busca crear este tipo de vínculos a través del estudio de los objetos dejados por nuestros antepasados. Por ello, muchos países, incluido Ecuador, cuentan con legislación específica para la investigación arqueológica, con el fin de proteger tanto los objetos como la información que nos pertenece a todos, y no solo a quienes pueden pagarlo, como sucedía en el siglo pasado.
Desde el departamento de arqueología de Antroproyectos S.C., buscamos llevar a cabo una arqueología ética y consciente, donde prime el interés por producir conocimiento y devolver ese conocimiento no solo a un grupo en particular, sino a todas las personas a quienes les pertenece. Así, todos podremos entender nuestro pasado, reflexionar sobre nuestro presente y tener una mejor perspectiva para el futuro.
Artículo escrito por: Danilo Tapia

